El vino, la viticultura, representa todo lo contrario a lo efímero. Se trata al mismo tiempo de un arte, una ciencia y una técnica, y conlleva un proceso, unos procedimientos y unos tiempos que no pueden y no deben ser acelerados, ya que éstos van marcados por unas pautas muy concretas y responden, en primer y en último lugar, a la naturaleza.

El vino fue considerado en su origen (y aún lo es) un auténtico regalo de los dioses. La verdadera magia que hay detrás es bastante sencilla: cuando abres una botella de vino, lo que en realidad estás abriendo es una cápsula del tiempo. El año que muestra la etiqueta indica lo que hay dentro, que a su vez representa ese año. Puede ser un año con un largo invierno, o con el verano más próspero y cálido que nadie pueda recordar, una primavera fría o templada, corta o larga, un año húmedo o un año seco.

Del mismo modo contiene la región. Si conoces un territorio y conoces a su gente, podrás entender su vino. Con una sola botella podrás sumergirte en su cultura y en sus hábitos. Entenderás por qué lo hicieron, como lo hicieron e incluso como lo beben y qué comen con él. Todo condensado en, normalmente, 75 centilitros de líquido.

Una botella de vino nos cuenta una historia, y aquí viene lo importante, una historia única de un tiempo y de un lugar. Responde no tanto al enólogo, sino a la tierra que lo produce, ya que no bebemos el vino, bebemos el lugar.

Ocurre exactamente lo mismo con la arquitectura. Ó, dicho de otro modo, es lo que debería ocurrir. Nuestros antepasados lo supieron hacer bien. La tierra, la piedra, la paja, la madera, el agua, y el lugar como materia.

Se construye en el lugar y con el lugar.

Una arquitectura fiel cuenta como era su gente y como vivía. Habla del clima de la región, de los vientos, de las lluvias y del sol. Narra una historia única, como si fuera una pequeña máquina del tiempo.

Hoy en día disponemos de infinitos medios técnicos y materiales, pero parece que hemos perdido de vista el lugar. ¿Qué ocurre con una botella de vino industrial? No tiene alma, cumple su función pero es un producto muerto. ¿Qué ocurre con la arquitectura cuando es concebida sin su lugar? Pierde su identidad y pierde su carácter. O mejor dicho, nunca los tendrá.

Decía el arquitecto Rem Koolhaas que

“el hecho de que el crecimiento humano sea exponencial implica que el pasado se volverá en cierto momento demasiado pequeño para ser habitado y compartido por quienes estén vivos”

Rem Koolhaas, “The Generic City”, Domus, núm. 791, Milán, Marzo 1997

En un mundo cada vez más centralizado, en el que todas las civilizaciones tienden a unificarse, las identidades locales están condenadas a desaparecer. 

¿Y qué mejor muestra de la identidad y el carácter de un pueblo que su arquitectura? Y no solo la arquitectura histórica, mal entendida como monumental, sino también la tradicional, esa que pasa desapercibida, la más sencilla. Esa que poco a poco va desapareciendo, dejando paso a los sistemas estandarizados y a las soluciones en serie, a la arquitectura genérica.

Solo nos queda intentar cuidar esas pocas piezas que aún no han desaparecido, las que se han salvado de la vacuidad de la ciudad genérica, porque aunque solo estamos retrasando lo inevitable, ¿qué otra cosa podemos hacer?

El artículo al que hacemos referencia arriba lo puedes encontrar en el libro:
Acerca de la ciudad, Rem Koolhaas
Se trata de una lectura rápida que incita a la reflexión sobre la arquitectura y el urbanismo modernos, y sobre el mundo hacia el que nos dirigimos, 100% recomendada.

Publicado por:José Miguel Sánchez Moreno

Arquitecto en Albacete. Intenso Albacete.

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